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Después de 23 años, y con la mayor parte de su elenco original, se reestrena esta legendaria obra que marcó un hito en los 90 y que lanzó la carrera de la bailarina, coreógrafa y directora Paulina Mellado. 
Si el hombre expresa sus ideas y pensamientos a través de la palabra, el cuerpo lo hace a través de sus fluidos.  Es su propio modo de hablar que gotea desde el interior al exterior, dejando una mancha, una huella, una impronta. 

Esta tesis del poeta chileno Ronald Kay (esposo de Pina Bausch), influyó en el proceso de creación de la Compañía de Paulina Mellado para traducir y trabajar coreográficamente este fenómeno en El cuerpo que mancha.  

Estrenada en 1992, este montaje fue el primer trabajo grupal de Paulina Mellado y hoy vuelve a presentarse en GAM después de dos décadas con tres de las cinco bailarinas del elenco original. 

El texto habla cómo el organismo muestra su interioridad a través de las secreciones.  Sangre, sudor, semen y lágrimas, todas evacuaciones que despide el cuerpo para expresarse y que dejan una mancha como la tinta de esa escritura corporal.

La compañía toma esta idea y pone énfasis en las pisadas de los bailarines que se tiñen con polvos de color para dejar huellas.  El vestuario está confeccionado con capas de distintos tonos que van apareciendo según los movimientos y en la escena hay baldes con agua que van dejando el suelo manchado.

De esta forma, las cinco bailarinas despliegan su corporalidad en función del polvo, el color, el uso de las telas y los desplazamientos.  

Para Paulina Mellado, la importancia de remontar esta obra radica en lo significativa que es la memoria para la vida en sociedad: “Chile tiene problemas con la cuestión de la memoria.  Creo que esta instancia tiene que ver con esa necesidad de no olvidar, de dar cuenta de una realidad que fue un pasado, pero que forja el presente.  Ahí estamos en deuda con nosotros mismos” y destaca “Aunque hoy no son los mismos cuerpos y no se bailan las mismas cosas, tenemos a favor la experiencia de tantos años acumulados por cada una de las intérpretes”.

Con esta obra, la joven bailarina cuestionaba los principios tradicionales de la técnica y describía su trabajo como danza subversiva.   Desde allí, instala al cuerpo y sus relaciones como el motor de su creación, característica que ha mantenido hasta el día de hoy.

“Es importante dejar entrar el recuerdo de los 80 y 90 como parte de una historia que es necesaria recordar.  Creo que es interesante reconocer de dónde venimos y cuál es nuestra pequeña historia.  En los 90 pasa algo muy interesante en la danza y en sus lenguajes.  Había una necesidad de hacer y de bailar, una mezcla muy convincente a la hora de realizar nuestras coreografías.  Éramos jóvenes y de una cultura de posdictadura en la que sabíamos que si no nos esforzamos nada ocurriría”, agrega la coreógrafa.

La obra es parte del programa "Patrimonio Coreográfico", del Área de Danza del Consejo de la Cultura.  Esta iniciativa tiene por objetivo poner en valor la creación nacional y remontará otras obras emblemáticas de la historia de la danza. 
Son piezas que se han destacado por contribuir al  desarrollo de lenguajes, imaginarios y discursos escénicos y que revivirlas le dará mayor visibilidad al patrimonio coreográfico chileno.

En esta primera versión, GAM acogerá además en diciembre la pieza Sótano (1993) de Luis Eduardo Araneda.  Asimismo, se presentará en noviembre Los Ruegos de la Compañía Movimiento en el Teatro Regional del Maule.

Dirección: Paulina Mellado
Asistente de dirección: Andrea Torrejón
Intérpretes Verónica Canales, Carolina Cifras, Marcela Retamales, Paulina Mellado y Macarena Pastor
Diseño Sonoro José Miguel Miranda
Diseño de Iluminación y de escenografía José Antonio Palma
Productora Mariángela Ortiz